sábado, 28 de enero de 2017

El papel del adulto. Montessori

Descripción sobre las funciones principales del adulto desde un enfoque Montessoriano y sus claves de actuación.

La función principal del adulto es crear un ambiente adecuado e idóneo para que el niño pueda desarrollarse en plenitud, teniendo siempre en cuenta sus períodos sensitivos.
Al mismo tiempo, el adulto debe no obstaculizar el desarrollo interviniendo en cada momento sino ser guía y observador de los movimientos y aprendizajes que el niño realice.
El adulto debe permitir que el niño realice por sí mismo cualquier actividad y debe evitar en todo momento intervenir al no ser que fuese necesario para no frenar su desarrollo en la labor que realiza. En ocasiones, puede ser el mismo niño el que pedirá ayuda al adulto cuando lo necesite, entonces, será el adulto el que intervenga para reconducir la actividad que está realizando.
Hablamos también de que un niño en un ambiente Montessori tiene límites establecidos ya que a la hora de tener un ambiente preparado con un trabajo determinado le permite al niño alcanzar la autonomía e independencia para poder llegar a conseguir su libertad.

Desde mi punto de vista, el adulto debe fomentar un clima de libertad, cooperación, respeto por el ambiente y personas que le rodean. Además, haría hincapié en la responsabilidad que tenemos como adultos al ser reflejo para los niños. Ser coherentes con lo que hacemos y decimos ya que los niños son grandes observadores de los adultos.

Un adulto en un ambiente Montessori ha de ser un gran observador de lo que ocurre en él, y además, ser capaz al mismo tiempo de no interrumpir o interferir en el niño. Puede llevarnos tiempo, pero se ha de conseguir para ser un buen guía en un ambiente Montessori preparado.

En el documento “El adulto”, se hace referencia a la disciplina interior. El adulto no debe imponer normas externas, pautas, o controlar cada movimiento del alumno, haciendo a éste que obedezca pasivo.
Para que todo esto no ocurra, se ha de conseguir que el niño consiga su disciplina interior, esté tranquilo, esté ocupado y atraído por el objeto que tiene ante él y no se deja llevar por los premios, castigos o recompensas. De ahí que el adulto tenga un papel fundamental en proporcionar los medios adecuados para que el alumno lo consiga, eliminando cualquier obstáculo que se lo impida al niño.

“El adulto forma parte del entorno del niño; debe adaptarse a las necesidades del niño para no ser un obstáculo y para no sustituir al niño en las actividades esenciales para su crecimiento y desarrollo” María Montessori, El Secreto de la Infancia.

En cuanto a la mirada del adulto, podemos identificar dos tipos:

Función horizontal: es aquella posición donde el adulto se sienta a la altura del niño para presentarle un material, registrar en su cuaderno los progresos del alumno, etc.
Función vertical: el adulto se sitúa en el espacio de pie, paseando por el aula revisando el material que falta, solucionando problemas o dificultades y teniendo una visión general del ambiente.

Rol del adulto en el desarrollo emocional infantil.

El adulto debe cambiar su actitud hacia el niño, hacia la vida en general y hacia sí mismo. Debe tener:
§   Fe: En el desarrollo del niño y en su bondad. (Un niño que muestra un mal comportamiento no es malo, simplemente se ha encontrado con obstáculos en su desarrollo y ese comportamiento es una llamada de auxilio.)
§   Paciencia: Entender y aceptar el ritmo de cada niño.
§   Perseverancia: No darse por vencido cuando las cosas no salen bien.
§   Humildad: Ser capaz de admitir sus propios errores


Montessori emplea el término socio-emocional al relacionar al niño dentro de una comunidad educativa, pues las emociones están relacionadas con el respeto a los demás y a su trabajo.

Hablamos de tres dimensiones de la emoción, neurofisiológica (mano), conductual (corazón) y cognitiva (mente) centrados en el ambiente, el adulto y el niño.

En cuanto al ambiente puesto que está organizado para que los niños tengan que esperar su turno, ser tolerantes con sus compañeros, aprender a gestionar sus emociones, etc.

El adulto porque guiará al niño a identificar la causa de un conflicto y lo reconducirá a buscar soluciones.

Y al niño en cuanto al trabajar con niños de distintas edades, enriquecerá al niño menor de experiencias emocionales y al niño más mayor a empatizar con los más pequeños.

María Montessori hace especial hincapié en educar las emociones, permitiendo explorar, ensayar y equivocarse sin recibir un premio o castigo por el resultado, y siempre sin olvidarnos de la motivación.

Podemos hacer referencia a Gardner (1995), en su teoría de las inteligencias múltiples. En cuanto a la inteligencia interpersonal, mantiene que se construye a partir de la capacidad para establecer buenas relaciones con otras personas, al conocimiento de los aspectos internos de sí mismo.

María Montessori habla de la inteligencia interpersonal como una tendencia humana a la que además, se refirió como comunicación (sentimientos, deseos, pensamientos…).
La inteligencia intrapersonal podemos relacionarla fácilmente con la espiritualidad.
El adulto en el aula debe tener en cuenta que olvidar las emociones y considerarlas únicamente parte del hogar es un error garrafal.
Existen emociones positivas y negativas y tenemos que guiar a los alumnos para que sepan gestionarlas para llegar a conseguir al máximo su felicidad.

Para ello, hago referencia a Amanda Céspedes cuando determina “alimentos esenciales para el alma infantil” a:
-          La aceptación y respeto incondicional.
-          Reconocimiento y valoración.
-          Expresión explícita del afecto.
-          Comunicación efectiva y afectiva.

Y como bien he dicho con anterioridad el adulto al ser reflejo del niño en sus actitudes y comportamientos también es modelo emocional para él.

La ayuda que un adulto en un aula puede brindarle al niño, será ayudarle a traducir sus emociones en palabras, pudiendo entenderle y calmarle.
El adulto ayudará al niño a resolver os conflictos con un modelo de colaboración y no en uno de confrontación.

La autoestima es un factor importante en la construcción de la autoimagen y sobre la percepción de ser capaz de generar cambios positivos en uno mismo, lo que conlleva poder cambiar a los demás.

Hablamos de tres potentes sentimientos, los que comienzan a gestarse antes de nacer y serán los que el adulto va a construir su vida social y sus relaciones afectivas.
La alegría existencial. Mueve al niño a explorar, pensar, crear y favorece los procesos de afiliación.
Motivación. Para que el niño sea estimulado para curiosear y asombrarse ante el misterio. Promueve la apertura a nuevos aprendizajes.
Serenidad: Confianza en sí mismo de verse aceptado incondicionalmente, protegido y amado.

Estos sentimientos son los que provocan en el niño un fenómeno de apertura mental que le favorece en la creatividad, la flexibilidad cognitiva y adaptativa y amplía las cogniciones, estimulando la integración de experiencias, genera soluciones creativas para la resolución de problemas y la asertividad.

Cuando una mujer se queda embarazada ha de tener en cuenta que desde el tercer mes de gestación el bebé comenzará a establecer un vínculo emocional con la madre debido a las corrientes de energía que la madre transmitirá a su hijo. Desde la barriga hasta el momento en el que nace, son momentos que se quedarán grabados en el bebé como marcas emocionales.
De ahí que nuestra misión primera en la educación emocional del niño desde antes de que nazca es garantizar al bebé el derecho a establecer vínculos intensamente afectivos.

Adentrándonos en los dos años hasta los cinco, hablaremos de la conquista de la autorregulación emocional, donde el niño será capaz poco a poco de controlar sus emociones. Se ha de tener en cuenta el trato afectivo que mantiene el menor con los adultos que le rodean. Como padres o docentes se debe estar alerta ante la posibilidad de que el niño pueda estar en peligro de sufrir un daño emocional por parte de los adultos.

En la siguiente fase sensible de los siete a los diez años, se habla de una autorregulación emocional que le permite al niño acceder a una comprensión cognitiva de las emociones. Debido a que el niño está en pleno desarrollo de autorregulación, será necesaria la ayuda de un mediador o conductor que lo guié en su reflexión. El conductor será facilitador de la conversación.

Continuamos ahora con la cuarta fase sensible, la edad puberal. Es una edad complicada donde los niños pasan de encontrar refugio en sus hogares y al lado de sus padres a encontrar atractivo el descubrir y indagar el mundo que les rodea. El conflicto se crea cuando el chico a pesar de conocer sus valores inculcados suele sobrepasar los límites impuestos por sus padres.
En esta edad, el adulto ha de comportarse comprensivo, atento, afectuoso y sereno y con gran habilidad para conversar y autocontrolarse al hablar con el chico. Debe estar abierto a los cambios, ser más flexible, llegar a puntos en común con la pareja, etc.

Si nos adentramos en una nueva fase sensible, hablaríamos de la adolescencia. El afecto, el despertar sexual y los sentimientos se encaminan hacia los amigos y primeros novios, dejando a un lado a los padres.
En esta etapa los educadores o padres deben tener en cuenta que educamos para la libertad del alma infantil y respetar esa libertad cueste lo que cueste. El adulto ha de educar a un niño para la vida desde el respeto, sin vulnerar su libertad.


La importancia de la Auto-evaluación por parte del adulto.

Para hablar de la autoevaluación docente, haré referencia a varios autores que describen con claridad qué elementos se deben considerar para la autoevaluación docente.

Lafourcade (1974) propone que en la evaluación del desempeño docente deben considerarse los siguientes aspectos: programación del contenido disciplinario, desarrollo del curso, actuación del profesor y el rendimiento logrado por los estudiantes. Plantea que si se logra abarcar estas dimensiones en el desempeño del docente, se habrá podido conseguir una evaluación global.
Santoyo (1988) considera que la autoevaluación es un proceso de conocimiento apoyado en un ejercicio de reflexión constante y sistemático, que desemboca en un juicio de valor; no hay evaluaciones acabadas, por más científicas que sean, solo son aproximaciones que intentan captar la totalidad de los fenómenos educativos.
Para concretar más, podríamos decir que la autoevaluación docente es un proceso temporal, que permite identificar eficiencia y eficacia del desempeño docente. Se diría que a través de la autoevaluación se obtiene un diagnóstico de necesidades, se infieren juicios, se establecen valoraciones y se toman decisiones para mejorar la práctica docente.
Extraído de:
Mendoza-Páez, Ana María, Bermúdez-Jaimes, Milton Eduardo, La evaluación docente en la pedagogía Montessori: propuesta de un instrumentoEducación y Educadores [en linea] 2008, 11 ( ) : [Fecha de consulta: 13 de enero de 2017] Disponible en:<http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=83411113> ISSN 0123-1294